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lunes, 18 de noviembre de 2013

Tirolina entre España y Portugal


Aunque parezca mentira, es posible cruzar la frontera entre España y Portugal haciendo tirolina. Y personalmente tuve el placer de hacerlo el pasado fin de semana. Se trata de una empresa recién creada que ofrece la posibilidad de ir desde un punto alto de Sanlúcar de Guadiana (Huelva), no lejos de su castillo, hasta Alcoutim, en Portugal, atravesando el río Guadiana. Este viaje, de 720 metros y alrededor de un minuto, ofrece unas vistas maravillosas, y según nos dijeron, alcanzas una velocidad de unos 70-80 km/h.

Vistas del Guadiana y Portugal desde lo alto de Sanlúcar


Y aquí tenéis la prueba de que lo hice. Es fácil reconocerme gracias a mis discretos pantalones burundeses:



Antes de esto, también hubo tiempo para disfrutar de un agradable paseo por el pintoresco pueblo de Sanlúcar de Guadiana y saborear algunos platos deliciosas, como la carne de ciervo.

Alcoutim, desde Sanlúcar de Guadiana



Y como no, después del salto en tirolina aprovechamos para visitar Alcoutim y sus estrechas callejuelas y "avenidas". Como no podía ser de otra manera y como buen amante de lo gastronómico, también cayeron unos cuantos pasteis portugueses. Espectaculares.

Sanlúcar de Guadiana desde el lado portugués







Por último, de vuelta a casa, hicimos una breve parada al atardecer en San Silvestre de Guzmán para conocer su tradicional molino, contrastando con los modernos molinos de la central eólica. ¡Qué buen día eché!




viernes, 8 de marzo de 2013

Brochettes

Os presento las brochettes, una de las especialidades culinarias burundesas por antonomasia. En casi cualquier punto de Ngozi podemos encontrar puestos o cabarets donde solo se hay brochetas de vaca o de cabra, plátano para acompañar, y cerveza caliente, mucha cerveza. También hay otros lugares en los que tienen la especialidad de los tzingaro, que son brochetas de tripas de cabra; están buenísimas, lo único es que no hay que mirar. Y como podéis comprobar, cumplen estrictamente con todas las medidas sanitarias habidas y por haber...


He aquí otro ejemplo: un cuartito de menos de dos metros cuadrados donde también te hacen unas deliciosas brochetas. Todo muy limpio y muy ordenado, con la carne lista para ser cortada y degustada.


Y aquí podéis ver el resultado final: brochetas de cabra y plátano asado, sobre una improvisada mesa hecha con una caja de cerveza. Bon appetit!!



lunes, 21 de enero de 2013

Restaurant Cameroun: Chez Abdul Jabal

Señoras y señores, os presento el mejor restaurante de todo Ngozi, y quizás de todo el East Africa: Restaurant Cameroun, chez Abdul Jabal.


No, no es una broma, ni ironía ni sarcasmo, es totalmente en serio. Este humilde y rústico restaurante es una auténtica maravilla gastronómica, además de tener un ambiente sin igual con estudiantes, conductores de taxi-motos y otras aves de paso que van y vienen a tomar un té, un chapati o un buen plato de comida mientras comparten anécdotas y risas. Cualquier persona se puede convertir en tu amigo, y te puedes encontrar todo tipo de curiosidades, como este día en el que entró un señor con un montón de troncos de árbol sobre su cabeza. Por supuesto, a nadie le parece extraño.


Pero vayamos a lo importante: Abdul Jabal. Este señor es un verdadero mecenas de los negocios, con una clientela fiel que lo adora; y no es para menos, ya que siempre encuentra cinco minutos para acercarse a charlar con ellos y soltarles algún comentario divertido. ¿Su secreto? Buena comida, mucha variedad, rapidez y un precio imbatible. Y por supuesto, el ya citado don de gentes de este caballero.

Abdul Jabal en estado puro

Ampliando el tema de la comida, que seguro a muchos les interesará, se centra en dos momentos del día. Por la mañana, ofrece simple y llanamente chapati recién hecho y té. Esto es un delicioso pan árabe que he  podido disfrutar durante muchas mañanas debido a la cercanía de la Universidad, y que con un poco de azúcar y/o mojado en el té es un manjar. El té, muy azucarado, lo sirve en unas tazas de colores de plástico que parecen de juguete. Todo este desayuno por la irrisoria cantidad de 500 FBU*.

Chapati

Por otra parte, a mediodía, Abdul Jabal nos propone el plato de mélange, que no es, ni más ni menos, que una mezcla de todo lo que haya cocinado ese día, elegida por el propio cliente. Esta especie de "plato del día" a la burundesa varía cada día, y la presenta de una manera bastante original: en un plato-bandeja metálico enorme de presidiario. Todo por solo 1.500 FBU (2.500 FBU si pides carne), y no miento cuando os digo que está todo buenísimo. A modo de ejemplo, en la foto inferior vemos uno de estos platos descomunales que me comí hace unos días (y que acompañé con un chapati), el cual os aseguro que tenía todos estos ingredientes: arroz, espaguetis, berenjenas, carne de cabra, ndagala, judías, patatas fritas, mandioca, aguacate, pili-pili (pimiento picante) y salsa de tomate. Delicioso. Además, hasta podéis ver una de sus famosas tazas.


Sobra decir que este lugar es visita obligada a toda persona que pase por Ngozi. Bon appétit!!


Nota: 1 Euro = 2.055 FBU (franco burundés) aprox.


sábado, 19 de enero de 2013

Isla de Zanzíbar

Y llegamos al último capítulo de esta doble trilogía sobre Tanzania, que nos llevó a la paradisíaca isla de Zanzíbar. Como no podía ser de otra manera, tenía que concluir el viaje con un poco más de relax, que se prolongó durante tres sabáticos días.


Me quedé en Stone Town, un mágico lugar Patrimonio de la Humanidad que ha vivido cientos de historias y que ha visto pasar todo tipo de civilizaciones y colonizadores: persas, árabes, portugueses, británicos... El resultado es una arquitectura alucinante que mezcla lo arabesco con lo colonial, con esa influencia africana tan personal. Su mercado y sus angostas y serpenteantes calles, llenas de mezquitas y de descascarilladas casas, rebosan vida, repletas de ciudadanos que comparten juegos de mesa, conversaciones, pescado frito o un simple té. Porque este es otro de los atractivos de Stone Town, los puestos de comida en la calle. Aquí puedes encontrar todo tipo de manjares: brochetas de pescado, marisco o carne, pulpo, calamares, gambas o varias clases de pescado frito. Obviamente no me quedé con las ganas de probarlo, y una noche disfruté de un plato de calamar y ndagala fritos, mandioca hervida y una salsa picante hecha de mango. Ríquísimo. Y por menos de un euro.





Aparte de la belleza de Stone Town, Zanzíbar cuenta también con hermosas playas. En la ciudad, llenas de gente bañándose y haciendo deporte, con sus barcos pesqueros tradicionales de fondo. Fuera de ella, kilómetros de playas casi vírgenes donde solo puedes encontrar palmeras sobre arena fina, coloridos y asustadizos cangrejos y algún grupo de pescadores con sus quehaceres diarios. En una de estas playas, en Bububu, pasé un día entero y, de hecho, los pescadores muy simpáticos, se acercaban a interesarse y preguntar qué hacía allí. Me traigo también el recuerdo de un erizo de mar que pisé con ambos pies y del que aún guardo algún recuerdo profundo.





Y nada, creo que es todo. Me he traído una experiencia muy gratificante con este viaje, inolvidable, aunque siempre hay aspectos negativos. ¿Lo dudáis? Por supuesto que los hay. Me han defraudado bastante los tanzanos en general, por su enorme falta de honradez, siempre tratando de estafar al muzungu. La vuelta en bus también merecería una entrada aparte, con más de 33 horas encerrado en un infierno, con los pasillos llenos de gente, maletas, sacos de fruta, e incluso gallinas correteando. Aunque a decir verdad, ahora lo recuerdo con simpatía. En fin, que os recomiendo a todos que, si podéis, os deis una vuelta por este sorprendente país. ¡Salud!


jueves, 10 de enero de 2013

Mwanza y Arusha (Tanzania)


Estas fueron las dos primeras paradas de mi ruta por Tanzania, dos grandes ciudades del norte del país: Mwanza, situado a orillas del inmenso Lago Victoria; y Arusha, entre los grandes parques nacionales y el Kilimanjaro, a la sombra del imponente Monte Meru. En ambos destinos decidimos hacer couchsurfing (alojarse en casa de gente local, gratuitamente) para ahorrar unos cuantos Shilling Tanzanos, y fue una bonita experiencia, aunque diferente en cada ciudad.

La primera parada la realizamos en Mwanza, donde estuvimos dos noches alojados en casa de unos simpáticos chinos: Feng y Huang. Se portaron realmente bien con nosotros, y aunque tuvimos mala suerte con el tiempo y no pudimos visitar alguna de las islas del Lago Victoria, hicieron de esta una estancia maravillosa. Nos hicieron una visita guiada por la ciudad, en la que nos mostraron varios mercados locales, uno de ellos enorme, en pleno centro, y el vibrante puerto sobre el lago, lleno de vida, además de darnos un agradable paseo a orillas del mismo. Me llamó mucho la atención un ave enorme y horrenda, que se paseaba entre la gente comiendo toda la basura que encontraba a su paso. Su nombre, traducido del swahili, significa algo así como "el que lo limpia todo". No sé en qué película de Disney he visto este pájaro anteriormente...

Lago Victoria y mercado de pescadores

Los calvos y feos pájaros del Lago Victoria

Otra de las cosas que me sorprendieron de Mwanza (y posteriormente del resto de Tanzania) fue la diversidad cultural que encontramos, y la cantidad de hindúes que hay. Tanto es así, que tuvimos la oportunidad de visitar dos templos de religiones hindúes diferentes, y acabamos en un concierto en uno de ellos, por el cumpleaños de su líder espiritual. La música, verdaderamente psicodélica.

Templo hindú en pleno centro de Mwanza

Por último, como guinda del pastel, Feng y Huang nos invitaron a una cena con unos amigos (chinos también, por supuesto, no se suelen mezclar mucho con otra gente), en la que pudimos probar la verdadera comida china. Deliciosa. Eso sí, ninguna de las cosas que comí las había ni siquiera visto en los restaurantes chinos de España. Me pregunto por qué...

Cena china: pescado, marisco, verduras, pato, especias...

El día de Nochebuena, tocó viajar hasta Arusha. Fue un trayecto horrible de 14 horas, con un vecino al que le apestaban los pies de una manera patológica, en un autobús repleto de gente, incluso de pie en el pasillo, y que hizo un millón y medio de paradas. Pero finalmente llegamos medio-sanos y salvos, y allí estaba Godfrey, nuestro anfitrión tanzano, esperándonos. En esta animosa ciudad y sus alrededores pasamos cuatro noches, dos de las cuales fueron de inolvidables safaris que ya narraré en otra ocasión. En lo que a Arusha se refiere, aluciné con la magnitud de su mercado central, donde pasé casi un día entero contemplando sus pescados secos, especias, frutas, verduras, carnes, productos para la casa de todo tipo, etc.; o paseando por sus calles llenas de gente o por sus mercado masaai de souvenirs artesanales. También tuve tiempo para vivir la Nochebuena con una familia tanzana luterana criadora de pollos, cenando ugali, sopa de pollo y riñones, y "cantando" villancicos en swahili.

Mercado de Arusha

Pescado seco en el mercado de Arusha

Un piscolabis 100% tanzano

La verdad es que estas dos ciudades, tan diferentes, me causaron una muy buena impresión. Mereció la pena detenerse en estos lugares antes de seguir rumbo al Océano Índico, mi siguiente parada.

Punto central entre El Cairo y Ciudad del Cabo, en Arusha

lunes, 3 de septiembre de 2012

Desayuno dietético andaluz

Esto es lo que yo llamo un auténtico desayuno dietético andaluz, para empezar el día con energía: mi cola-cao y su pan de campo con su manteca colorá, zurrapa de lomo, sobrasada y pringá. Casi nada.

Hoy me he dado mi penúltimo capricho antes de irme, en buena compañía chiclanera-jerezana, aunque el estómago se resiente... ¡Salud!


jueves, 1 de marzo de 2012

Jerez-Salta: La historia más larga jamás contada

Señoras y señores, ha llegado el momento de narraros la verdadera historia de cómo llegué a Salta desde Jerez. Intentaré no extenderme demasiado, pero ya sabéis que la brevedad no es una de mis virtudes cuando escribo.

Bien. Todo comenzó el pasado jueves, hace ya una semana, cuando, después de pasar la mañana preparando la maleta, puse rumbo a Sevilla en mi archiconocido tren de Media Distancia, en este caso en el de las 19h48 de la tarde. La explicación a esto es que el viernes por la tarde tenía academia, pero no iba a ir con la maleta, así que me fui la noche de antes para que mi hermano pudiera recogerme en la estación, pasadas las 21h00. El viernes por la mañana me fui al centro de Sevilla a dar una vuelta y hacer algunas cosas, y ya me quedé en la zona de San Bernardo donde me comí un bocadillo brutal de cochinillo, carne mechada, queso fundido y salsa gaucha, por el módico precio de 1,90 euros. Muy dietético, lo sé.

Sevilla, España

Por la tarde fui a la academia, y nada más salir me estaban esperando mi hermano y su novia con mi maleta, para cenar rápido y llevarme a la estación de bus, pues a las 23h15 me esperaba la maravillosa noche en el Socibus de aterciopelados asientos, como dije la otra vez. Por suerte o por desgracia llegó antes de lo previsto, a las 5h20 de la mañana del sábado, lo que me fastidió porque estuve pasando frío en el metro hasta las 6h00 que salía el primero. De todas formas me dio tiempo a hacerme amigo de un portugués pureta que estaba bastante perdido.

Total, llego a Barajas a eso de las 7am y me voy directo a facturar, aunque mi avión era a las 10h30. Me voy hacia American Airlines, me atiende una argentina simpática, me da una declaración de esas de las aduanas para que la rellene y me pongo en la cola. Todo sorprendente y maravillosamente bien, ningún problema. Bueno, sí, uno pequeño. Como en los viajes en los que pasas por EEUU y Bolivia hay que ser previsor, decidí que había que envolver la maleta en plástico, pero como la crisis nos azota a todos, decidí hacerlo por mis propios medios: compré film transparente y cinta aislante, y ahí que lo envolví, que parecía que a mi maleta se la iba a comer Ella-Laraña. Cuando Alisson, la chica del mostrador, vio eso, se le quedó una cara mezcla de incredulidad y simpatía, y me dijo que con eso no podía pasar porque solo se puede envolver en los puntos oficiales del aeropuerto. Nada, que te sacan el dinero sí o sí, así que pasé de gastar dinero, quité el plástico y así la mandé.


Para hacer tiempo me puse a rellenar lo de la aduana estadounidense, y me preguntaban si llevaba comida. Yo llevaba algo de jamoncito y lomo, pero como no quería que algún americano se diera un festín a mi costa, fui a preguntarle a mi coleguita argentina y me dijo que pusiera a todo que no, porque si no "goodbye jamon!". Poco más, pasé el control sin problemas y me fui a dormitar a un banco delante de la puerta de embarque mientras cargaba la batería del móvil en el mostrador de una compañía aérea israelí. Totalmente taleguero.
Llegó el momento de embarcar y... ¡oh, sorpresa! "Control aleatorio de seguridad". Efectivamente, me llamaron por megafonía para hacerme un control de seguridad "personalizado" por unos policías americanos, como no, y me imagino que como estaban aburridos, tenían ganas de joder, y no me encontraron nada, me dijeron que no podía viajar con la cinta aislante en el equipaje de mano porque era un elemento peligroso... Y yo, "What??", con cara de poker. Todo para nada, porque al final lo dejé igual y me monté con eso. Eso se llama paranoia y aburrimiento extremos.

Bien, vamos a ir acelerando que se me va de las manos. Me monto en el avión, todo perfecto, fila central, y viaje en plan animal primitivo movido por meros instintos: dormir, despertarse para comer o beber lo que me pongan por delante, seguir durmiendo, y vuelta a empezar. Así durante las diez horas que duró el vuelo, acompañado magníficamente por mi almohadita inflable salvadora de los chinos. Llego a Miami a las 14h00 hora local (20h00 en España), casi una hora para pasar el control de pasaportes donde me ponen el sellito después de tomarme todas las huellas dactilares y hacerme una foto (esto lo hacen a todo el mundo), y me dirijo hacia fuera.

Miami Beach, Estados Unidos

Todo bien, recojo mi maleta y la llevo a otro control, porque en EEUU aunque solo hagas escala tienes que volver a pasar la maleta por otro control. Termino todo esto, miro la hora: las 15h15. Me acerco a una señora que trabajaba allí pero no sé muy bien de qué, le pregunto alguna absurdez, y no sé cómo me acaba diciendo que si quiero me puedo ir a Miami a darme una vuelta. ¿Cómo? ¿A Miami? Por supuesto me emocioné al momento, me fui a información y me dijeron que, efectivamente, si quería me podía ir del aeropuerto, pero que ni se me ocurriera perder el avión porque se liaba el taco gordo, sobre todo porque yo estaba ahí con visa de tránsito, ni siquiera de turista. Sin dudarlo cogí mi mochila y me fui a la parada del bus sin tiempo que perder, ya que salía uno a las 15h30 hacia Miami Beach, ¡qué chulería! Pagué los cinco dólares del billete de ida y vuelta, y para allá que me fui.

Miami Beach, Estados Unidos

Me bajé en la punta de South Beach, al final del todo, y de ahí me fui directo a la playa, a tirarme en la arena como un perro y a mojarme los pies en el mar. ¡Genial! Ahí me quedé un rato, observando a la gente, y solo se escuchaba hablar español. Empecé a caminar por la orilla, dirección norte, viendo como a un mini niño negrito lo perseguían una bandada de gaviotas ante las risas de sus padres, y al cabo de un rato me salí de la playa para seguir por el paseo marítimo. Eso era un espectáculo: coches de lujo y estrambóticos, hoteles espectaculares, fiestones a las cuatro de la tarde, una señora comiendo con un loro en el hombro, y lo que más me sorprendió, casi todos los tíos y tías estaban realmente buenos, excepto algunos típicos casos de obesidad mórbida. Además, también tuve la suerte de confirmar que los policias hiper gordos devoradores de donuts... ¡existen! Seguí mi paseo por Espanola Way, Washington Avenue y Lincoln Road, haciendo fotos a todo, anonadado. Y eso de las 19h30 me monté en el bus de vuelta al aeropuerto, que no era plan de especular con la hora, ya que mi vuelo era a las 22h30. Algunos os sorprenderéis con mi previsión, ¡estoy madurando!

Miami Beach, Estados Unidos

Llego con tiempo de sobra y me dirijo al control de rayos, donde te hacen sacarte literalmente todo de los bolsillos, papeles incluidos, los zapatos por supuesto, y te hacen pasar por uno de esos escáneres modernos que parecen la máquina de Steve Urkel y que te desnudan. De locos. Para colmo de mi caraja, me voy olvidándome de un pequeño detalle: mi cinturón-riñonera donde llevaba el pasaporte, la cartilla de vacunación y todo mi dinero. ¡Muy bien chaval! Así que volví, se lo dije a una policía y tras "interrogarme" para que le demostrara que era mío, me lo devuelve.
En la puerta de embarque, otra anécdota digna de señalar: una señora deja una bolsa de plástico con flores horrorosas junto a un panel con los horarios de vuelos. Pensé que volvería, pero parece ser que su caraja era equiparable a la mía y se la olvidó. Al cabo de un rato aparece una policía bastante absurda y empieza a acercarse con aire desconfiado a la bolsa, sin tocarla, y diciendo por el walkie que había un "objeto sospechoso" y pidiendo refuerzos. Más de un cuarto de hora así (cosa que agradecí porque me distrajo un rato, era cómica la situación), hasta que apareció otro policía, este con un perro, al que intentaban hacer olfatear la peligrosa bolsa de flores, pero que pasaba del tema más que Paqurrín de trabajar. Ahí, viendo que no había nada de peligro, agarraron la bolsa, sacaron las cosas en plan peliculero y lo tiraron todo a un cubo de basura; por desgracia no pude ver lo que contenía dicho artefacto diseñado por el mismísimo Satanás.

Tras esta absurda y surrealista escena, me da por mirar las pantallas de mi puerta de embarque y veo algo preocupante: decía "destino La Paz-Santa Cruz de la Sierra", a lo que pregunto a una azafata que me confirma que el vuelo no iba directo a Santa Cruz, sino que paraba en La Paz también, aunque sin tener que bajarnos. Nada, otra escala más. Por suerte, estos vuelos fueron otro calco al anterior, con el conocido rito de dormir y comer, aunque en este caso me perdí el desayuno del segundo vuelo porque no me desperté al escuchar a las azafatas pasar, ya el domingo por la mañana.

Cordillera de los Andes desde el avión

Bien, ya estamos en el domingo por la mañana. La verdad es que soy bastante hartible, lo reconozco. Seguimos. Me bajo del avión y me dirjo al control de pasaportes donde había una, sí, solo una persona trabajando. La cola se hace interminable y a pocos metros veo con dos lagrimones como anuncian la partida un vuelo a Salta. Paso el control, cojo mi maleta y me salgo del aeropuerto. Se acabaron los aviones, ahora tocaban los autobuses, ¡mucho mejor! Llamo por teléfono a un contacto en Santa Cruz pero ninguno de los números me sirven, así que rápidamente cambio unos cuantos bolivianos y pesos argentinos y me dirijo hacia la ciudad bajo una lluvia torrencial. Objetivo: intentar llegar a la frontera antes del anochecer para poder cruzarla y montarme en otro bus del lado argentino, para poder llegar a Salta a mediodía del lunes. Resultado: error.

Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Me monto en un bus muy familiar y acogedor que me lleva hasta un cruce, donde me cambio a otro bus, que este sí, me lleva hasta la terminal de buses de Santa Cruz a donde llego cerca de las once. Allí me pongo a preguntar, y nadie me garantiza poder cruzar antes del anochecer, así que por consejo de expertos decido quedarme a echar el día en Santa Cruz, coger un bus nocturno que llegaba a las seis de la mañana a la frontera, y de ahí coger el primero a Salta. Así que no me quedó otra que dejar la maleta en la terminal (que por cierto, tenía las ruedas medio rotas) e irme hacia el centro en el primer bus que pasó. Yo, muy listo, le pregunto al chofer si iba al centro, me dice que sí y ahí me relajo. Obviamente no sabía dónde bajarme, así que al cabo de un rato le pregunto a una señora que muy amable me dice que me debería haber bajado hace un rato, que el centro está "por ahí", así que hacia "ahí" me fui yo andando, en plan vikingo.

Mercado artesanal en Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

Llegué sin muchos problemas, unos 20 minutos después, ya sin lluvia, y me puse a dar vueltas viendo el bonito centro y buscando una oficina de información turísitica que nunca encontré. Me llamó la atención que la bandera de esta ciudad es exactamente igual que la de Andalucía, ¡qué bonito! A mediodía, y después de que una gitana me echara una maldición por la que tendría mala suerte por siempre en el amor (¡chunga!), encontré un supermercado donde compré pan, agua y una mortadela con pepinillos de dudosa calidad, y me fui a la plaza 24 de septiembre a comerme un suculento bocadillo acompañado con anacardos (castañas de cajú). Esta sería una gran decisión, ya que al cabo de un rato se me sentaron al lado dos señoras, doña Celia (como ella decía, coya de La Paz), y doña Margarita (brasilera afincada en Bolivia desde hace décadas), que estuvieron más de tres horas contándome su vida, rajando de sus nueras y contándome curiosas historietas y dichos locales. Muy simpáticas, sí señor.

Santa Cruz de la Sierra, Bolivia

A eso de las 18h30 me volví a la terminal, ya que tenía mi bus a las 20h00, y todo salió sin problema, no sin antes caer otro diluvio universal. Este tramo se me pasó maravillosamente, ya que llegamos a Yacuiba (ciudad fronteriza boliviana) a las seis de la mañana, y me pasé todo el camino durmiendo, literalmente. Allí llegamos a una estación bastante rústica, me fui en taxi hasta la frontera (había unos 7 km), y en la aduana pasé sin problemas a Pocitos, del lado argentino. Otro sellito, y p'alante. Ahí, mi cuerpo empezó a resentirse, pero aún así me fui andando hasta la terminal de bus que supuestamente estaba "a tres o cuatro cuadras", cuesta arriba, con las ruedas rotas, y a bastante más de la distancia prometida. A las 8h30 más o menos llegué, me senté en un banco y esperé hasta las 9h30 a que llegara mi bus, este sí, a Salta, a donde llegaría a eso de las 15h00. Para morirse. Por suerte, otra señora, doña Norma, se me sentó al lado y también me dio conversación hasta que llegó mi bus. Para cuando yo estaba montado, ella ya estaba charlando con otra señora que se le había sentado al lado. Un personaje esta señora.

Terminal de Yacuiba, Bolivia

Y este viaje final fue el peor de todos, sin duda. Yo ya estaba psicológicamente hundido después de tantas horas de viaje y tres noches sin dormir en una cama. Además, para probar mi fuerza mental, nos hicieron tres controles fronterizos. En dos de ellos nos hicieron bajar del bus, sacar las maletas y registrarlas una por una, buscando hasta en los bolsillos de la ropa. En la otra solo se subieron a mirar si había "algo extraño". Aparte, paró en todos y cada uno de los pueblos, casas, rocas y árboles que nos encontramos, y según pasaba el tiempo iban retrasando la hora de llegada, que al final la estipularon a eso de las 17h00. Yo tenía mi almohada pinchada, sin sueño, tenía un gordaco al lado, y para colmo nos pusieron una película sin sonido. Pero lo conseguí. A las 17h10 llegué a la terminal de Salta, donde estaba Mer esperando sonriente con una calor espectacular.

Salta, Argentina

Mercieron la pena las más de 96 horas desde que salí de Jerez, sí señor. Vaya odisea: viernes Sevilla (España); sábado Miami (EEUU); domingo Santa Cruz de la Sierra (Bolivia); y lunes Salta (Argentina). Y lo que he ido haciendo por aquí ya os lo contaré otro día, porque vaya novela me acaba de salir. Menos mal que iba a ser breve... Si alguno habéis llegado hasta aquí, os felicito, tenéis mucha paciencia. ¡Besos familia!