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sábado, 21 de marzo de 2020

Emociones


Son las seis y media de la mañana de un día cualquiera. De nuevo me encuentro en una especie de duermevela y me viene a la cabeza una actividad literaria que me propusieron hace ya algún tiempo. Esta decía algo así como que intentáramos reproducir una emoción del pasado que nos hubiera llenado mucho, e inconscientemente lo primero que suele venirnos a la cabeza son momentos de máxima felicidad o de una enorme tristeza, como buscando siempre una especie de culmen de la emoción.

Aquí y ahora, con las primeras luces del alba, me vuelvo a hacer esta misma pregunta, pero el contexto cambia: en días como los que estamos atravesando la respuesta difiere desmesuradamente. Pienso en que no es necesario irse tan lejos, tan al extremo. Nos encontramos en un momento en el que vemos pasar las horas lentamente, encerrados entre cuatro paredes sin saber muy bien hasta cuándo durará este cautiverio, añorando y anhelando lo que siempre ha estado ahí fuera pero no supimos valorar.

¿Una emoción? Quizás sería suficiente con algo tan aparentemente banal y cotidiano como una sonrisa, una mirada cómplice o un simple abrazo sincero; los que me conocen un poco saben que puedo llegar a ponerme muy pesado con esto. Una palmadita en el hombro, una caricia, un beso. Gestos y situaciones habituales que ni siquiera nos paramos a valorar, como dar un paseo, ir plácidamente en bicicleta hasta la playa o caminar sobre la arena húmeda tras la bajamar, sintiendo el ir y venir de las frías olas erizando tu piel al contactar con tus desnudos pies. Sentir la brisa marina en tu cara o ese rayo de sol que se cuela inesperadamente entre las nubes para aterrizar sobre tu rostro adormilado. Una improvisada reunión familiar con cualquier excusa, una pingüe barbacoa con amigos y mucha carne, poco verde y demasiada cerveza, o un domingo metido en la cama abrazado a esa persona tan especial, sin preocuparse de qué hora es. Nos encontramos con tantísimas emociones infravaloradas al cabo de un día que no nos damos ni cuenta, inmersos en esa prisa constante que nos impide pararnos a degustar estos pequeños placeres de la vida, que son precisamente los que más nos deberían hacer sentir vivos. Pero no, nos empeñamos y nos encabezonamos en dejarlos pasar sin darles la importancia que merecen porque, claro, es mucho más importante seguir este ritmo de vida robotizado de nuestra alienada sociedad, siempre corriendo tras quién sabe qué.

Quiero pensar que este momento histórico que estamos experimentando nos ayudará a que abramos los ojos y seamos más conscientes de la suerte que tenemos de estar aquí y ahora, a disfrutar el día a día y los pequeños detalles que nos regala cada amanecer, y a olvidarnos de preocupaciones insignificantes y superfluas. Ahora, más que nunca cobra importancia ese sabio y vetusto proverbio: "Nunca valoras lo que tienes hasta que lo pierdes".

Así pues, vivamos y amemos, libremente. Dejémonos de odio, intolerancia e inquina. Vivamos cada día, cada instante, que aún nos queda una segunda oportunidad y la de la guadaña se presenta sin avisar. Simplemente, vivamos.

domingo, 15 de septiembre de 2013

Burundi, el país donde se recitaban poemas a las vacas


Hoy, con mi nostalgia burundesa acompañándome, vengo a compartir con vosotros un interesante artículo que apareció hace poco en el diario francés Libération, titulado Le Burundi, le pays où l'on récitait des poèmes aux vaches, el cual habla sobre la ganadería vacuna que se practicaba en Burundi, comparándola con la actual. Me he tomado la libertad de traducirlo al español, así que ruego disculpen mis errores, que seguro que hay más de uno...


Hubo un tiempo en que los pastores burundeses recitaban poemas a su vaca llevándolas al pastoreo, antes de que la guerra civil diezmara el rebaño. Desde entonces, la cría se reconstruye, al precio de un difícil paso a la modernidad.

Toda la civilización burundesa estaba centrada en el ganado. Signo de respeto al rumiante, se utilizaba la misma palabra (“igisabo”) para hablar del estómago del rey –de divino derecho- y de la vaca, diferente del término (“inda”) empleado para el común de los mortales.

Antes de la guerra civil burundesa (1993-2006), el rebaño “contaba con hasta 800.000 cabezas”, recuerda Eliakim Hakizimana, director general de ganadería en el Ministerio de Agricultura.

Pero los trece años de conflicto han “tenido consecuencias terribles en las vacas” y solo quedaban alrededor de 300.000 cuando la paz vino entre la minoría tutsi y la mayoría hutu.

Los rebeldes hutus atacaban especialmente a las vacas, veneradas por la comunidad tutsi, tradicionalmente formada por ganaderos, y se alimentaban durante el conflicto que hizo 300.000 muertos y arruinó la economía del pequeño de África de los Grandes Lagos.


Porque en Burundi, la vaca era sagrada.

“Antes de la colonización, antes de la llegada del Hombre Blanco hacia finales del siglo XIX, la vaca no era un simple animal doméstico en el Reino de Burundi”, explica el abad Adrien Ntabona, 74 años, ex profesor de etnología en la Universidad de Burundi.

“Un ganadero hablaba a su vaca, podía enumerar la descendencia (?). Le recitaba poesías, diferentes según si la llevaba al abrevadero, al pastoreo, la traía al cercado o la ordeñaba”.

Con sus largos cuernos y sus finas patas, la vaca burundesa, de raza ankole como en todas partes en la región de los Grandes Lagos, representaba un dechado de belleza en el imaginario local.

A una mujer, no se le decía que tenía ojos bonitos, sino de “ojos de ternero” (“Afise amaso y’inyana”).

El tiempo se enumeraba al ritmo de la cría: para evocar la mañana se decía “la hora del pastoreo”, para primera hora de la tarde “la hora de vuelta de los terneros”.

Las vacas mismas recibían nombres, haciendo referencia a su belleza o su carácter: “Yamwezi” (La que desciende de la luna), “Yamwaka” (La más bella del año) o “Jambo” (La palabra).


“Una vaca de dos patas”.

“Cuando se quería tener una propiedad, un favor o incluso una esposa, se daba una vaca”, explica Pierre Nduwimana, un campesino de Matana (sur).

“Para la dote, por ejemplo, se daba una o varias vacas, según la riqueza”. A cambio, según una expresión consagrada, “se decía que se iba a buscar una vaca de dos patas, que sacaba agua y cortaba madera”.

“Burundi había instaurado una civilización de la vaca”, resume el abad Ntabona: el animal “era una fuente de relaciones sociales”. “No eran tratadas como diosas como en India, pero eran relativamente sagradas y debían ser tratadas como tales”.

Antes incluso de la guerra civil, la colonización alemana, después la tutela belga, la explosión demográfica y la disminución drástica de las tierras dedicadas a la ganadería vencieron poco a poco este modo de vida. Con gran pesar para algunos burundeses.

“Mi padre tenía vacas, igual que mi abuelo y mi bisabuelo, pero yo ya no puedo mantener un rebaño”, se lamenta Pierre, funcionario. “Por supuesto que siento una gran culpabilidad, como si hubiera traicionado a mis padres”.


Desde el fin de la guerra, el rebaño -600.000 cabezas hoy en día- se ha reconstruido. Pero ahora hace falta mucho dinero para comprar una vaca, alrededor de 1.000 dólares, una fortuna en uno de los países más pobres del mundo. A no ser que se beneficie de la política de repoblación del rebaño.

Aproximadamente 25.000 vacas han sido distribuidas así desde 2008, en el marco de este programa que “pretende modernizar el sector para hacerlo productivo en leche, queso, abono”, explica M. Hakizimana.

Emmanuel Nibaruta, un campesino de 35 años habitante en la colina de Remera, en la provincia septentrional de Ngozi, “sigue dando gracias a Dios” por haberle dado su primera vaca.

Y mejor si no es una ankole, sino una frisona europea: produce 16 litros de leche cada día por uno solo por una vaca tradicional burundesa.


Pero el programa choca con un problema enorme: los ganaderos no tienen un lugar para transformar o vender la leche.

La única central lechera fue cerrada al inicio de la guerra civil. La leche es vendida por ciclistas que surcan las calles de la capital a todas horas del día.

“Esto nos desmotiva a nosotros los ganaderos, ya que estamos obligados a tirar la leche, cuando la comida y los medicamentos son tan caros en Burundi”, lamenta Anicet, funcionario y además propietario de una granja.

Burundi es el productor lechero más pequeño de África del Este (71.300 toneladas en 2011), lejos detrás de Kenia (2,5 millones de toneladas), Uganda, Tanzania (500.000 toneladas cada uno) y Ruanda (121.400 toneladas).

“Tenemos mucho retraso, es por esto se debe superar la cría de prestigio y encaminarse hacia una cría rentable”, reconoce M. Hakizimana. Pero “el camino será largo, muy largo”.

miércoles, 7 de agosto de 2013

Frases de mis alumnos burundeses


Aquí os traigo otra entrada que tenía escrita desde mi último día de trabajo en la Universidad de Ngozi, el pasado 21 de junio. Creo que vais a gozarlo:

Último día en la Universidad de Ngozi. Los profesores y estudiantes se pasean, ajenos a todo. Para ellos es un día más, pero no para mí. Me saludan, sin saber que quizás sea la última vez que nos veremos. Casi diez meses magníficos, sí señor. Y con esa sensación me quedo, la de satisfacción y alegría por un trabajo bien hecho. Es por esto que quiero que mi despedida sea más bien alegre, recordando los buenos momentos, sobre todo con mis alumnos, que son geniales.

Así que hoy, ahora mismo, me dispongo a compartir con vosotros las mejores frases, ideas y pensamientos de mis alumnos. Hay de todo: diversión, buen humor, traducciones imposibles, cultura y tradición, y también algo de tristeza. Empezamos.



Traducciones y frases surrealistas/curiosas:

- Enock Ndayishimiye (2º): Mon frère est très fatigué: Mi hermano es muy feo

- Jean Ntakirutimana (2º): Pollo: Manuel.

- Bruce Irankunda (3º): Haricots (judías): Maruhuana.

- Enock Ndayishimiye (2º): “Mario Balotelli es primero deportista que me parece en el mundo”. (*Nota: Aquí Balotelli es toda una celebridad).

- Jean Baptiste Karimanzira (2º): “Mi sobrenombre es Bigote”. / “Estoy feliz a ver los españoles porque son personas pacíficos”.

- Vincent Nkurunziza (2º): “Esta mañana no me he peinado”.

- Moïse Banayo (2º): “El viernes fui a Kayanza y compré dos gallos. La tarde alimenté las vacas”.

- Ferdinand Ndayikengurukiye (2º): “El fin de semana pasado até mis cabras”. / “Yo prefiero la carne a la manzana”.

- Alexis Nduwimana (2º): “El gobierno de Burundi detesta la homosexualidad.”

- Ezéquiel Nahimboneye (2º): Pido permiso para salir al exterior. “¿Por qué, Ezéquiel?”. Tengo un pequeño problema con mi organismo.

- Jean Ntakirutimana (2º):  “Juan adora a su novia porque es morena”.

- Christian Bigina (3º): “Me gusta perder el tiempo a internet en Facebook”.

- Chrétien Niyokwizera (3º): ¿Qué te gusta hacer en tu tiempo libre? “Me gusta beber leche”.

- Epipode Ndihokubwayo (3º): “Tengo una buena mujer y un buen hijo”. / “Es preciso beber la leche para una buena vida”.

- Shabani Minani (2º): “A mí me encantan los muchachos”.

- Bertrand Irakoze (3º): “Odio tomar una fanta”. / “A mí me molestan las brochetas de vaca". / "Es una obligación no tomar la cerveza en la iglesia”.

- Célestin Nduwayo (3º): “Dame dinero, yo no diré nada”. / “A mí me molesta vivir cerca de una iglesia”.

- Hilaire Mwambarangwe (3º): “A mi familia le encanta ir a visitar a sus vacas y carneros en el mercado de Vyegwa”.

- Dative Niyonzima (3º): “A mí me da vergüenza beber cerveza en el mercado.” /  “Tienes que beber tu cerveza”.

- Elsie Aurore Kamukama (3º): “Nosotros odiamos hacer el gazpacho cada día”.

- Jean Paul Kabera (3º): “A mí me da pena matar una persona que tiene vida como yo”.

- Rémy Martin Rema (3º): “¿Por qué no has venido a la escuela esta mañana? A ti te da igual”.

- Bruce Irankunda (3º): “A mí me da vergüenza matar a un niño”. / “A mí me da miedo hablar swahili en el curso de español”.

- Mélissa Ngaruko (3º): “Dime tu problema, puedo sacarte las castañas del fuego”. “No seas un melón, tienes que pensar antes de hacer algo”. (Simplemente, genial).



Ante la pregunta, "¿Qué conocéis de España?", he aquí algunas respuestas:

- Países habla español (según mis alumnos): Italia, Estados Unidos, Suiza, California

- Comunidades Autónomas de España: Catalucia (Jean Méri Ntwari, 3º); Andaluña (Dieudonné Kwizera, 3º); Jerez (Voila Nzeyimana, Josselin Remezo, 3º).

- Dative Niyonzima (3º): “La vida en España: Es muy difícil”.

- Epipode Ndihokubwayo (3º): “La vida en España es muy buena porque hay mucho a comer y la populación no es antipática”.


Frases especialmente dedicadas a mi persona:

- Jean Ntakirutimana (2º): “Yo amo a mi profesor de español porque es serio”.

- Jean Baptiste Karimanzira (2º): “El profesor de español quiere a sus estudiantes”.

- Guy Octave Ndariragije(2º): “Admiramos al profesor de español”.

- Bertrand Irakoze (3º): “El viernes diré adiós a Andrés”.

- Rémy Martin Rema (3º): “Andrés necesita muchos dineros para ir a España”.



Cultura y tradición. Anécdotas de la vida en Burundi/Ruanda:

- Elias Mugabonihera (3º): “… y me gusta mucho buscar dinero porque vivir en la ciudad de Ngozi es muy difícil porque comer: dinero; dormir: dinero; visitar: dinero. Para vivir en la ciudad de Ngozi tú debes buscar dinero.”

- Abdoul Salaam Rwema (4º): En mi país, Rwanda, hay una costumbre para las chicas o mujeres que se llama “Gukuna”. Es una acción de tirar una parte del sexo para ser largo porque cuando hacer el amor es muy bien con el sexo largo. Antes muchas chicas aplicaban esta costumbre porque en ausencia de esta acción una chica no puede tener un marido, pero hoy no se aplica mucho.

- Elsie Aurore Kamukama (3º): “La vaca en Burundi es muy importante. Por ejemplo cuando tienes un amigo importante o cuando dos familias tienen una perfecta amistad pueden dar una vaca coma la presentación de su amistad. También cuando un chico y una chica quieren estar casados el chico debe dar una vaca a la familia de la chica. Antes, una persona que tiene una vaca se sentía rica, y cuando tú quieres a una persona puedes decirle “Que tengas una vaca”, y la persona está muy contenta”.

- Bertrand Irakoze (3º): “Un sábado, estaba con mis amigos, fuimos a una fiesta que un profesor organizó. Estaba muy contento porque hemos bebido y hemos bailado. La importante cosa esta noche era que Andrés bailaba con todos y que todos hablaban francés o español”.

- Rémy Martin Rema (3º): “Cuando era pequeño tenía mucha hambre, y en la casa no había comida. Mis padres fueron al campo y yo comencé a llorar porque tenía mucha hambre. Todo el mundo no estaba en la casa, unas personas iban al mercado y otras a la escuela. Continué llorando. En este momento vi un coche y este coche estaba conducido por mi tío y cuando él me vio, él abrió la puerta de su coche y tomome un queso y dos pizcas de pan. Dejé de llorar y me sentí muy contento. Inmediatamente olvidé esta situación”.

- Jean Paul Kabera (3º): “Cuando era pequeño, a mí me gustaba mucho guardar las vacas, en la maleza y cuando era mediodía, a mí me daba mucha hambre y sed y prefería atacar a una vaca que tenía la leche y comenzaba a beber la leche de la vaca como vaca pequeña hice utilizando mi boca y mis manos”.

- Prefiero guardar su anonimato, es demasiado triste (3º): “Cuando era pequeña me gustaba ir al mercado con mi padre y cada vez me compraba una ropa. Andábamos juntos y tomaba mi brazo, a mí me encantaba cuando estaba con mi padre, pero murió en 1993 durante la guerra de Burundi.”

jueves, 27 de junio de 2013

Memoria de Jean Bosco


Hoy os traigo algo que escribí hace casi dos semanas pero que no pude publicar por falta de internet:

Este año no paran de sucederse situaciones surrealistas en  mi vida. La última de ellas ocurrió el pasado fin de semana, el sábado 15 de junio, con la defensa de la memoria de fin de carrera por parte de Jean Bosco Nkurunziza, estudiante ya licenciado en Traducción e Interpretación por la Universidad de Ngozi.



Resulta que este chico ha estado elaborando dicha memoria en español desde hace varios meses, basada en la problemática de las lenguas en la traducción de textos históricos, concretamente los centrados el racismo durante la colonización en África. Hasta aquí, todo normal, si no fuera por un pequeño detalle: yo he sido su director de memoria durante todo este tiempo, y el pasado sábado formé parte del tribunal de su defensa. A quien se lo cuente, no se lo cree.




Así que, de esta manera hemos compartido mucho tiempo juntos en estos meses, y hemos aprendido mucho los dos, cada uno de lo suyo. Y el colofón fue la defensa oral de la memoria, que hizo a un gran nivel, para orgullo de su joven y elegante director (es decir, yo). Aprobó con una nota de 13/20, y aunque ambos pensemos que mereció algo más, lo importante es que ahora es licenciado, ha cerrado una etapa de su vida y tiene ante sí un montón de posibilidades de cara al futuro. ¡Enhorabuena Bosco! Mucha suerte, y que se cumplan todos tus sueños.



lunes, 15 de abril de 2013

Cuando sepas de mí



Cuando sepas de mí, tú disimula. No les cuentes que me conociste, ni que estuvimos juntos, no les expliques lo que yo fui para ti, ni lo que habríamos sido de no ser por los dos. Primero, porque jamás te creerían. Pensarán que exageras, que se te fue la mano con la medicación, que nada ni nadie pudo haber sido tan verdad ni tan cierto. Te tomarán por loca, se reirán de tu pena y te empujarán a seguir, que es la forma que tienen los demás de hacernos olvidar.

Cuando sepas de mí, tú calla y sonríe, jamás preguntes qué tal. Si me fue mal, ya se ocuparán de que te llegue. Y con todo lujo de detalles. Ya verás. Poco a poco, irán naufragando restos de mi historia contra la orilla de tu nueva vida, pedazos de recuerdos varados en la única playa del mundo sobre la que ya nunca más saldrá el sol. Y si me fue bien, tampoco tardarás mucho en enterarte, no te preocupes. Intentarán ensombrecer tu alegría echando mis supuestos éxitos como alcohol para tus heridas, y no dudarán en arrojártelo a quemarropa. Pero de nuevo te vendrá todo como a destiempo, inconexo y mal.
Qué sabrán ellos de tu alegría. Yo, que la he tenido entre mis manos y que la pude tutear como quien tutea a la felicidad, quizás. Pero ellos... nah.

A lo que iba.

Nadie puede imaginar lo que sentirás cuando sepas de mí. Nadie puede ni debe, hazme caso. Sentirás el dolor de esa ecuación que creímos resuelta, por ser incapaz de despejarla hasta el final. Sentirás el incordio de esa pregunta que jamás supo cerrar su signo de interrogación. Sentirás un qué hubiera pasado si. Y sobre todo, sentirás que algo entre nosotros continuó creciendo incluso cuando nos separamos. Un algo tan grande como el vacío que dejamos al volver a ser dos. Un algo tan pequeño como el espacio que un sí le acaba siempre cediendo a un no.

Pero tú aguanta. Resiste. Hazte el favor. Háznoslo a los dos. Que no se te note. Que nadie descubra esos ojos tuyos subrayados con agua y sal.

Eso sí, cuando sepas de mí, intenta no dar portazo a mis recuerdos. Piensa que llevarán días, meses o puede que incluso años vagando y mendigando por ahí, abrazándose a cualquier excusa para poder pronunciarse, a la espera de que alguien los acogiese, los escuchase y les diese calor. Son aquellos recuerdos que fabricamos juntos, con las mismas manos con las que construimos un futuro que jamás fue, son esas anécdotas estúpidas que sólo nos hacen gracia a ti y a mí, escritas en un idioma que ya nadie practica, otra lengua muerta a manos de un paladar exquisito.

Dales cobijo. Préstales algo, cualquier cosa, aunque sólo sea tu atención.

Porque si algún día sabes de mí, eso significará muchas cosas. La primera, que por mucho que lo intenté, no me pude ir tan lejos de ti como yo quería. La segunda, que por mucho que lo deseaste, tú tampoco pudiste quedarte tan cerca de donde alguna vez fuimos feliz. Sí, feliz. La tercera, que tu mundo y el mío siguen con pronóstico estable dentro de la gravedad. Y la cuarta, -por hacer la lista finita-, que cualquier resta es en realidad una suma disfrazada de cero, una vuelta a cualquier sitio menos al lugar del que se partió.

Nada de todo esto debería turbar ni alterar tu existencia el día que sepas de mí. Nada de todo esto debería dejarte mal. Piensa que tú y yo pudimos con todo. Piensa que todo se pudo y todo se tuvo, hasta el final.

A partir de ahora, tú tranquila, que yo estaré bien. Me conformo con que algún día sepas de mí, me conformo con que alguien vuelva a morderte de alegría, me basta con saber que algún día mi nombre volverá a rozar tus oídos y a entornar tus labios. Esos que ahora abres ante cualquiera que cuente cosas sobre mí.

Por eso, cuando sepas de mí, no seas tonta y disimula.

Haz ver que me olvidas.

Y me acabarás olvidando.

De verdad.



jueves, 28 de febrero de 2013

Verde que te quiero verde

Desde el exilio, quiero desear un feliz día a todos los andaluces (los que estáis en casa y los que estamos lejos), a los que vinieron a esta tierra y se enamoraron de tal manera que se quedaron, a los que no se quedaron pero la siguen guardando en el corazón y, en definitiva, a todos los que sienten un cariño especial por este rincón del mundo y por su gente.

¡Feliz Día de Andalucía!


Romance Sonámbulo

Verde, que te quiero verde.

Verde viento. Verdes ramas.

El barco sobre la mar

Y el caballo en la montaña.

Con la sombra en la cintura

Ella sueña en su baranda,

Verde carne, pelo verde,
Con ojos de fría plata.
Verde que te quiero verde.

Bajo la luna gitana,

Las cosas la están mirando

Y ella no puede mirarlas.

Verde, que te quiero verde.

Grandes estrellas de escarcha

Vienen con el pez de sombra

Que abre el camino del alba.

La higuera frota su viento

Con la lija de sus ramas,

Y el monte, gato garduño,
Eriza sus pitas agrias.
Pero, ¿quién vendrá? ¿Y por dónde?
Ella sigue en su baranda,
Verde carne, pelo verde,
Sonando en la mar amarga.

-Compadre, quiero cambiar

Mi caballo por su casa,

Mi montaña por su espejo,

Mi cuchillo por su manta.

Compadre, vengo sangrando,

Desde los puertos de Cabra.

-Si yo pudiera, mocito,
Este trato se cerraba.
Pero yo ya no soy yo
Ni mi casa es ya mi casa.
-Compadre, quiero morir
Decentemente en mi cama.
De acero, si puede ser,
Con las sábanas de Holanda.
¿No ves la herida que tengo
Desde el pecho a la garganta?
-Trescientas rosas morenas
Lleva tu pechera blanca.
Tu sangre rezuma y huele
Alrededor de tu faja.
Pero yo ya no soy yo,
Ni mi casa es ya mi casa.
-Dejadme subir al menos
Hasta las altas barandas,
¡Dejadme subir!, dejadme,
Hasta las verdes barandas.
Barandales de la luna
Por donde retumba el agua.

Ya suben los dos compadres

Hacia las altas barandas.

Dejando un rastro de sangre.

Dejando un rastro de lágrimas.

Temblaban en los tejados

Farolillos de hojalata.

Mil panderos de cristal
Herían la madrugada.

Verde, que te quiero verde,

Verde viento, verdes ramas.

Los dos compadres subieron.

El largo viento dejaba

En la boca un raro gusto

De hiel, de menta y de albahaca.

-¡Compadre! ¿Dónde está, dime,
Dónde está tu niña amarga?
¡Cuántas veces te esperó!
¡Cuántas veces te esperara,
Cara fresca, negro pelo,
En esta verde baranda!
Sobre el rostro del aljibe
Se mecía la gitana.

Verde carne, pelo verde,

Con ojos de fría plata.

Un carámbano de luna

La sostiene sobre el agua.

La noche se puso íntima

Como una pequeña plaza.

Guardias civiles borrachos
En la puerta golpeaban.
Verde, que te quiero verde.
Verde viento. Verdes ramas.
El barco sobre la mar.
Y el caballo en la montaña.


Federico García Lorca

miércoles, 21 de noviembre de 2012

El tiempo en África

Una de las cosas que me han sorprendido durante estos primeros meses en Burundi ha sido el concepto diferente de tiempo que se tiene aquí. Me recuerda a una entrevista que publiqué hace varios meses, en la que el protagonista, un tuareg estudiante en Francia, rezaba que "aquí tenéis reloj, allí tenemos tiempo".

Pues bien, leyendo el fascinante libro "Ébano", de Ryszard Kapuscinski, con el que me obsequió mi añorado amigo Jonás, llegué a un extracto que refleja muy bien estas diferencias. Y aquí os lo dejo, que él lo explica mucho mejor que yo. Gócenlo, camaradas.


"El europeo y el africano tienen un sentido del tiempo completamente diferente; lo perciben de maneras dispares y sus actitudes también son distintas. Los europeos están convencidos de que el tiempo funciona independientemente del hombre, de que su existencia es objetiva, en cierto modo exterior, que se halla fuera de nosotros y que sus parámetros son medibles y lineales. Según Newton, el tiempo es absoluto: "Absoluto, real y matemático, el tiempo transcurre por sí mismo y, gracias a su naturaleza, trascurre uniforme; y no en función de alguna cosa exterior". El europeo se siente como su siervo, depende de él, es su súbdito. Para existir y funcionar, tiene que observar todas sus férreas e inexorables leyes, sus encorsetados principios y reglas. Tiene que respetar plazos, fechas, días y horas. Se mueve dentro de los engranajes del tiempo; no puede existir fuera de ellos. Y ellos le imponen su rigor, sus normas y exigencias. Entre el hombre y el tiempo se produce un conflicto insalvable, conflicto que siempre acaba con la derrota del hombre: el tiempo lo aniquila.

Los hombres del lugar, los africanos, perciben el tiempo de manera diferente. Para ellos, el tiempo es una categoría mucho más holgada, abierta elástica y subjetiva. Es el hombre el que influye sobre la horma del tiempo, sobre su ritmo y su transcurso (por supuesto, solo aquel que obra con el visto bueno de los antepasados y los dioses). El tiempo, incluso, es algo que el hombre puede crear, pues, por ejemplo, la existencia del tiempo se manifiesta a través de los acontecimientos, y el hecho de que un acontecimiento se produzca o no, no depende sino del hombre. Si dos ejércitos no libran batallas, esta no habrá tenido lugar (es decir, el tiempo habrá dejado de manifestar su presencia, no habrá existido).
El tiempo aparece como consecuencia de nuestros actos y desaparece si lo ignoramos o dejamos de importunarlo. Es una materia que bajo nuestra influencia siempre puede resucitar, pero que se sumirá en un estado de hibernación, e incluso en la nada, si no le prestamos nuestra energía. El tiempo es una realidad pasiva y, sobre todo, dependiente del hombre.
Todo lo contrario de la manera de pensar europea.
Traducido a la práctica, eso significa que si vamos a una aldea donde por la tarde debía celebrarse una reunión y allí no hay nadie, no tiene sentido la pregunta: "¿Cuándo se celebrará la reunión?". La respuesta se conoce de antemano: "Cuando acuda la gente".

De modo que el africano que sube a un autobús nunca pregunta cuándo arrancará, sino que entra, se acomoda en un asiento libre y se sume en el estado en que pasa gran parte de su vida: en el estado de inerte espera."



No sé si os habrá ayudado en algo a comprender o imaginarse mejor la vida en Burundi, pero es así, totalmente. Y la gente es muy feliz, pese a tener muchas menos cosas materiales que nosotros. Señores, no dejemos que también el tiempo nos aniquile.

miércoles, 7 de noviembre de 2012

El negro

Preparando mis clases, no sé cómo, he recordado un texto que hice hace unos años con mis alumnos franceses. Es un texto que Rosa Montero publicó en su columna de El País allá por el año 2005, cuando yo recién empezaba mi vida universitaria. Tras haberlo leído de nuevo esbozando una sonrisa, he decidido que voy a trabajarlo con mis alumnos burundeses, a ver qué diferencias encuentro en su análisis. Disfrutadlo, lo conozcáis o no.


Estamos en el comedor estudiantil de una universidad alemana. Una alumna rubia e inequívocamente germana adquiere su bandeja con el menú en el mostrador de autoservicio y luego se sienta en una mesa. Entonces advierte que ha olvidado los cubiertos y vuelve a levantarse para cogerlos. Al regresar, descubre con estupor que un chico negro, probablemente subsahariano por su aspecto, se ha sentado en su lugar y está comiendo de su bandeja. de entrada, la muchacha se siente desconcertada y agredida; pero enseguida corrige su pensamiento y supone que el africano no está acostumbrado al sentido de la propiedad privada y de la intimidad del europeo, o incluso que quizá no disponga de dinero suficiente para pagarse la comida, aun siendo esta barata para el elevado estándar de vida de nuestros ricos países. De modo que la chica decide sentarse frente al tipo y sonreírle amistosamente. A lo cual el africano contesta con otra blanca sonrisa. A continuación, la alemana comienza a comer de la bandeja intentando aparentar la mayor normalidad y compartiéndola con exquisita generosidad y cortesía con el chico negro. Y así, él se toma la ensalada, ella apura la sopa, ambos pinchan paritariamente del mismo plato de estofado hasta acabarlo y uno de cuenta del yogur y la otra de la pieza de fruta. Todo ello trufado de múltiples sonrisas educadas, tímidas por parte del muchacho, suavemente alentadoras y comprensivas por parte de ella. acabado el almuerzo, la alemana se levanta en busca de un café. Y entonces, descubre, en la mesa vecina detrás de ella, su propio abrigo colocado sobre el respaldo de una silla y una bandeja de comida intacta.

Dedico esta historia deliciosa, que además es auténtica, a todos aquellos españoles que, en el fondo, recelan de los inmigrantes y les consideran individuos inferiores. A todas esas personas que, aun bienintencionadas, les observan con condescendencia y paternalismo. Será mejor que nos libremos de los prejuicios o corramos el riesgo de hacer el mismo ridículo que la pobre alemana, que creía ser el colmo de la civilización mientras el africano, él sí inmensamente educado, le dejaba comer de su bandeja y tal vez pensaba: "Pero qué chiflados están los europeos".

viernes, 5 de octubre de 2012

"Ayer emigró mi hija"

Hoy no toca hablar de Burundi. Hoy siento la necesidad de compartir con vosotros este artículo que me ha llegado gracias a Irene, firmado por Carlos M. Duarte. Espero que muchos de los de arriba lo lean y se sienten un ratito en sus lujosas casas a reflexionar...

"Esta vez no voy a hablar de ciencia ni políticas de I+D; lo retomaré en el próximo post. Esta vez voy a hablar de lo que ocurre en mi casa, y que refleja lo que con toda seguridad está ocurriendo en muchos otros hogares, porque en el día de hoy la verdad es que no puedo pensar en otra cosa.
Ayer me despedí de mi hija. Emigra en busca de un futuro que no ha podido encontrar en su país y que la sociedad, o sus padres, no le ha sabido dar.
Es extraordinariamente frustrante para un padre ver marchar a sus hijos, pero mantenerlos a costa nuestra no es opción porque supondría llevarles a una situación en la que quedarán atrapados sin futuro.
Vivir en el extranjero ni es nuevo para ella ni le intimida, porque en los últimos 5 años ha vivido y trabajado en Canadá, Francia e Inglaterra, pero entonces se trataba de mejorar sus cualificaciones profesionales. Ahora se trata de rebelarse contra quienes se refieren a su generación como la generación perdida. Marchar le ha costado quedarse sin pareja, por lo que el llanto, apagado, que oía por la noche desde mi cama, se me hacía aún más amargo.
Como muchos jóvenes de su edad, mi hija ha completado su formación profesional con el paso cambiado. En la primavera regresó a España con la intención de buscar un empleo en España, en lo que fuese pero a poder ser "de lo suyo". Consiguió algunas entrevistas de trabajo, pero las condiciones siempre eran abusivas: salario de becario, 400 € al mes, para una persona con una licenciatura, un master, que domina cuatro idiomas y con experiencia laboral en el extranjero. Estos sueldos no le darían ni para comer ni para alquilar una habitación en las ciudades donde le ofertaban estos empleos. Tendría que tener una ayuda de sus padres, a lo que, por supuesto, estamos dispuestos. Pero ella no quiere seguir dependiendo de nosotros, con una ayuda que, de hecho, estaría subsidiando a los empresarios que abusan de nuestros jóvenes.
Este verano han pasado por casa, para despedirse, muchos amigos suyos. Sus conversaciones siempre giraban en torno a lo mismo: la depresión de la crisis, los despidos o el miedo a ser despedido, los abusos de los empresarios que, aprovechándose de la crisis imponen condiciones leoninas, despidiendo a buena parte de la plantilla para que los "supervivientes" hagan el trabajo del resto, intimidados por la amenaza de ir a la calle. Me pareció que se sienten culpables y quizá -como a todos- algo de culpa les corresponde, pero no el peso excesivo que estamos cargando sobre ellos.
En Mallorca, donde vivo, ha sido un año espectacular de turismo, con cifras récord de viajeros e ingresos. Un amigo que tiene un restaurante me dice que este verano ha hecho un 15 % más de caja. Sin embargo, muchas empresas del sector han despedido a buena parte de sus plantillas, de nuevo forzando al resto a asumir las tareas de los despedidos, aprovechándose del miedo a perder el empleo para aumentar sus márgenes de beneficios. ¿Es esto lo que ha conseguido la reforma laboral?.
La mayor parte de sus amigos también emigraban, unos a Alemania -sin saber alemán pero cargados de ilusión y desparpajo; otros a Uruguay, para poder desenvolverse en español, otros a Canadá, Australia, Inglaterra, Noruega... Estoy seguro de que muchos se han ido en condiciones mucho más difíciles que mi hija o sus amigos, o que incluso, queriendo hacerlo, no se hayan podido ir porque tengan dependientes a su cargo a quienes no puedan abandonar.
La emigración no es nueva en nuestro país, pero pensábamos haberla dejado atrás en el siglo XX y haberla cambiado por la movilidad internacional. Pensábamos que nuestros jóvenes se formaban y maduraban en un país moderno, avanzado, miembro destacado de la Unión Europea, con euros en su bolsillo, y pujando por entran en el G8 ante el asombro del mundo. Todo eso era una ilusión, un escenario de cartón piedra.
Como padre me siento inmensamente frustrado y fracasado. Los padres siempre anhelamos que nuestros hijos conozcan una vida mejor que la que nosotros tuvimos, y así ha sido al menos desde que la Guerra Civil nos hizo tocar fondo. Ochenta años después estamos cayendo en barrena en una involución económica y política que, ya lo escribía hace un año, amenazaba con arrastrarnos por el túnel del tiempo hacia la España de mi infancia en los años 1960, a la que ya estamos llegando en muchas cosas.
También me siento frustrado como formador de jóvenes científicos, aunque estos, estoy convencido, tienen un mejor futuro, porque el largo período de formación de investigadores, que se completa al final de treintena, supone que estos jóvenes, de la misma edad que mi hija, a quienes dirijo tesis de doctorado y master, seguirán progresando como científicos para -espero- completar esa formación cuando nuestro país haya salido del hondo agujero en que se encuentra. Sin embargo, para ellos no será fácil, y también habrán de ser duros y resistentes para salir adelante.
Pero no se trata de compartir mis sentimientos como padre ni como formador de jóvenes investigadores, sino de mis sentimientos como ciudadano español. ¿Qué futuro espera a una sociedad en la que sus jóvenes solo tienen la opción de desaparecer o amoldarse a condiciones laborales las más de las veces abusivas y requiriendo del subsidio de sus padres?
Los medios de comunicación les llaman, y me repugna que lo hagan, la generación perdida. Pero ¿acaso no somos nosotros -los de mi generación, nacidos entre 1950 y 1970- los del gran batacazo? Una generación de irresponsables: los unos por lanzarse a la fiebre del oro pensando que se vendían duros a peseta, los otros, entre los que me cuento, por mirar para otro lado. Con un sistema político degradado basado en partidos clientelistas que se alimentaban, y todos lo sabemos, de la burbuja inmobiliaria y los pelotazos urbanísticos. El objetivo de la recaudación de impuestos para contar con abundantes presupuestos para colocar a los del partido en empresas públicas municipales y consejos de dirección y cajas de ahorro con sueldos públicos; financiación ilegal de partidos y dinerito para el bolsillo de los más descarados (basta ver las portadas de los diarios). Muchos declaran ahora, pobrecitos, que las pasan "canutas" con sus sueldos públicos... y es así porque ya no reciben los "extras" que a tanto oportunista trajo a la política. Basta recordar aquellas palabras, en una grabación de un político que llegó, a pesar de ellas, a ser presidente autónomico y ministro del Gobierno, diciendo que "yo estoy en política para forrarme" (busquen esta cita en Google y sabrán de quien se trata). También recuerdo otra grabación donde un empresario corrompía a un político municipal prometiendo algo así como (no recuerdo la frase exacta), que "te voy a asegurar el futuro a tí y a diez generaciones de los tuyos". Repugnante, pero todos lo sabíamos, todos oíamos estas palabras en los medios de comunicación.
Al menos la justicia está, pacientemente, haciendo aflorar esos delitos, aunque lo que salga a la luz no sea más que la punta del iceberg. Espero que también les llegue el turno a los colaboradores necesarios: los banqueros, que en vez de tener que dar cuentas de su actuación se deben estar riendo a carcajadas tras la publicación de los nuevos presupuestos del Estado en los que pagamos el rescate a los bancos a costa de nuestra salud y educación. Con ayuda de los políticos, que libraron a los banqueros de toda regulación efectiva.
Nadie pide perdón a nuestros jóvenes. Yo lo quiero hacer desde aquí, por la responsabilidad, quiero creer que poca, que me toca.
Acostumbrados a comulgar con rueda de molino, ya no nos da escalofríos saber que la cifra de desempleo entre nuestros jóvenes supera el 50 % (sin contar, claro está, con los que ya se han ido, que son multitud). Mientras la Roja siga metiendo goles y Cristiano esté alegre seguiremos embotados y aceptando con resignación estos males que se nos han echado encima, sin que nadie asuma responsabilidades y nadie pida perdón.
Hay quien se felicita, estúpidamente, de que muchos seguimos en silencio, pero algo está cambiando. Ya no nos vale más de lo mismo, ya no nos aplacan con mentiras calculadas, engaños burdos, eufemismos y la cantinela de que lo que nos pasa es que hemos vivido por encima de nuestras posibilidades y nos merecemos lo que pasa.
Deberíamos hacer todos un esfuerzo gigantesco para asegurar un futuro a nuestra juventud, porque ese futuro es también el nuestro. Una sociedad cada vez más envejecida que tendrá un porcentaje de jubilados enorme que solo se podrá sostener con una población laboral dinámica y productiva, la misma que estamos enviando al extranjero o arrinconando en los hogares paternos. No veo otra solución al arranque necesario de la creación de empleo en España que un nuevo movimiento de cooperativas para la innovación, que debieran priorizar las iniciativas de nuestros jóvenes, que tienen estupendas ideas, y apoyarlas con recursos públicos; invertir en nuestros jóvenes es hacerlo en nuestro futuro.
Pero quienes deben utilizar nuestro esfuerzo, que son nuestros impuestos, para fomentar políticas de empleo para jóvenes están de nuevo distraídos en cálculos de sus miserables ventajas políticas. Nuestras instituciones políticas siguen siendo lo de siempre: en una expresión inglesa, el mismo circo con distintos payasos. Nada ha cambiado, pero es imprescindible que lo haga.
Nos hemos dado el gran batacazo, pero pongámonos en pie, sacudámonos el polvo y pongámonos a caminar, aunque para ello tengamos que librarnos del enorme peso de la incompetencia política que en buena medida nos ha traído a donde estamos.
Deseo que mi hija y todos los que como ella se han ido a la emigración, sean felices y puedan en un futuro cercano regresar a su país para contribuir, con su capacidad, a nuestro futuro.
Me gustaría cerrar este texto recitando a mi hija, y a todos los jóvenes de su generación que, como ella han emigrado, el poema de José Agustín Goytosolo, Palabras para Julia; pero es mejor que lo escuchen cantado por Paco Ibáñez en su concierto en el Olympia de París”.


miércoles, 15 de agosto de 2012

Pérez Reverte y nuestros indecentes políticos


INDECENTES
Me gustaría transmitirle al Gobierno pasado, al actual, y al que puede venir lo siguiente:

TENGAN LA VERGÜENZA  de hacer un plan para que la Banca devuelva al erario público los miles de millones de euros que Vds. les han dado para aumentar los beneficios de sus accionistas y directivos; en vez de facilitar el crédito a las familias y a las empresas, erradicar las comisiones por los servicios bancarios y que dejen de cobrar a los españoles más humildes €30.01, cada vez que su menguada cuenta se queda sin saldo.
Cosa que ocurre cada 1º de mes cuando les cargan las facturas de colegios, comunidades, telefonía, Etc. y aun no les han abonado la nómina.
 
PONGAN COTO a los desmanes de las empresas de telefonía y de ADSL que ofrecen los servicios más caros de Europa y de peor calidad.

ELIMINEN la duplicidad de muchas Administraciones Públicas, suprimiendo organismos innecesarios, reasignado a los funcionarios de carrera y acabando con los cargos, asesores de confianza y otros puestos nombrados a dedo que, pese a ser innecesarios en su mayor parte, son los que cobran los sueldazos en las Administraciones Públicas y su teórica función puede ser desempeñada de forma más cualificada por muchos funcionarios públicos titulados y que lamentablemente están infrautilizados.

HAGAN que los políticos corruptos de sus partidos devuelvan el dinero equivalente a los perjuicios que han causado al erario público con su mala gestión o/y sus fechorías, y endurezcan el Código Penal con procedimientos judiciales más rápidos y con castigos ejemplares para ellos.

INDECENTE, es que el salario mínimo de un trabajador sea de 624 €/mes y el de un diputado de 3.996, pudiendo llegar, con dietas y otras prebendas, a 6.500 €/mes. Y bastantes más por diferentes motivos que se le pueden agregar.

INDECENTE, es que un profesor, un maestro, un catedrático de universidad o un cirujano de la sanidad pública, ganen menos que el concejal de festejos de un ayuntamiento de tercera.

INDECENTE, es que los políticos se suban sus retribuciones en el porcentaje que les apetezca (siempre por unanimidad, por supuesto, y al inicio de la legislatura).

INDECENTE, es que un ciudadano tenga que cotizar 35/40 años para percibir una jubilación y a los diputados les baste sólo con siete, y que los miembros del gobierno, para cobrar la pensión máxima, sólo necesiten jurar el cargo.

INDECENTE, es que los diputados sean los únicos trabajadores (¿?) de este país que están exentos de tributar un tercio de su sueldo del IRPF.

INDECENTE, es colocar en la administración a miles de asesores = (léase amigotes con sueldos que ya desearían los técnicos más cualificados)

INDECENTE, es el ingente dinero destinado a sostener a los partidos y sindicatos pesebreros, aprobados por los mismos políticos que viven de ellos.

INDECENTE, es que a un político no se le exija superar una mínima prueba de capacidad para ejercer su cargo (ni cultural ni intelectual).

INDECENTE, es el coste que representa para los ciudadanos sus comidas, coches oficiales, chóferes, viajes (siempre en gran clase) y tarjetas de crédito por doquier.

INDECENTE, No es que no se congelen el sueldo sus señorías, sino que NO se lo bajen.

INDECENTE, es que sus señorías tengan seis meses de vacaciones al año.

INDECENTE, es que ministros, secretarios de estado y altos cargos de la política, cuando cesan, son los únicos ciudadanos de este país que pueden legalmente percibir dos salarios del ERARIO PÚBLICO.

Y que sea cuál sea el color del gobierno, toooooooodos los políticos se benefician de este moderno “derecho de pernada” mientras no se cambien las leyes que lo regula.

¿Y quiénes las cambiarán? ¿Ellos mismos? Já.

Juntemos firmas para que haya un proyecto de ley con “cara y ojos” para acabar con estos privilegios, y con otros.