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martes, 31 de marzo de 2020

Mi primera piedra

¡Qué dura es la adolescencia! Y no, no me dispongo a quejarme de mi alumnado, porque además llevo unos meses “a dieta de quejas”. En esta ocasión voy a echar la vista atrás para acordarme de mí mismo durante aquellos trepidantes años.

Recuerdo que yo era un chaval que se podría definir como “común y corriente”: me gustaba pasar tiempo con mis amigos, jugar al fútbol y las chicas me imponían respeto, ya que era bastante tímido en ese sentido. En la escuela cumplía con mi papel, sacando buenas notas sin esforzarme demasiado. Internet no había colonizado nuestras vidas ni nuestros cerebros y los videojuegos no me despertaban gran interés. Así pues, mi día a día se desarrollaba sin plantearme grandes metas.

Mi madre era profesora y trabajaba junto a mi instituto, por lo que cada jornada íbamos y volvíamos juntos. En una ocasión, cuando tenía catorce años y muy poquita sangre en las venas, mi madre me informó de vuelta a casa de que me había inscrito para participar en un intercambio escolar a Marruecos con alumnos de su centro. Y digo correctamente que me informó porque no se trataba de una negociación, sino que yo iba a ir lo quisiera o no, ya que habían sobrado muchas plazas y, según ella, iba a ser una experiencia genial para mí.


Imaginad, un chico de esa edad al que sacas de su zona de confort para llevarlo más de una semana a otra cultura con un grupo de extraños a casa de un chaval completamente desconocido. Yo me cerré en banda y me indigné con el mundo, o más bien con mi madre. En realidad, me daba igual si era Marruecos o Nueva York, ese no era el problema. Lo que me descolocaba era estar tanto tiempo sin mis amigos, sin mi grupo de iguales. Y la gota que colmó el vaso la volvió a poner mi madre con su frase “¡pero si también va tu amigo Abel!”. Y aquí hay que hacer un inciso, esto merece una explicación aparte.

¿Conocéis esa sensación en la que vuestros padres quieren obligaros a que os hagáis amigos del hijo de algún amigo suyo? Pues bien, “mi amigo Abel” era el hijo de un compañero de mi madre, quien tampoco estudiaba en ese instituto y al que también habían apuntado al intercambio sin su consentimiento. Supuestamente era mi amigo porque nos habíamos conocido meses atrás en un traumático fin de semana entre colegas de trabajo. Durante esos dos días, que se me hicieron eternos, fuimos los únicos adolescentes rodeados de adultos, solo acompañados de dos niños pequeños, y para colmo nos obligaron a dormir juntos en una cama individual. Eso no se le hace a un chaval en esos años tan complicados…

Así pues, el hecho de que Abel también fuera al intercambio no era ni mucho menos un aliciente para mí, quizás todo lo contrario. Pero bueno, como era consciente de que mi madre tenía las de ganar, no tuve más remedio que resignarme y aceptar el devenir de los acontecimientos. Unas semanas antes de nuestra partida tuvimos una reunión previa y allí pude conocer a mis futuros compañeros de viaje. Yo seguía bastante cerrado, pero pese a esto me dio la impresión de que no parecían mala gente.

Y así resultó ser. Llegó el gran día y partimos en autobús rumbo a Algeciras para tomar el ferry que nos llevaría a cruzar el estrecho. A los pocos minutos y como por arte de magia, ese grupo tan reducido como pintoresco de estudiantes se había convertido en una pequeña familia, y mis dudas y enfados no eran siquiera un recuerdo.


Es imposible describir en unas cuantas líneas aquel viaje porque simplemente me cambió la vida. Mi compañero de intercambio, Mazin, y su familia fueron adorables; difícilmente podrían haberme acogido y tratado mejor. El grupo de españoles fue todo un descubrimiento, principalmente por dos personajes; y con el resto de marroquíes formamos una amistad que incluso ha hecho que volvamos a cruzarnos en numerosas ocasiones por diferentes partes del mundo. Es más, incluso conocí a mi primer amor, con lo parado que yo era (la verdad es que solo faltaron las luces de neón para que me coscara).

Y desde entonces ya no hace falta que use las comillas cuando hablo de mi gran amigo Abel. Al final tuve y tengo que darle la razón a mi madre, ya que aquella experiencia me hizo encontrarme (o reencontrarme) con una persona que desde entonces ha sido fundamental en mi vida, uno de mis grandes apoyos. Al mismo tiempo, me brindó la oportunidad de comenzar a batir mis alas para luego poder volar en libertad y llegar a ser quien soy. Se podría decir que fue algo así como el prólogo del libro de mi vida racional, el episodio piloto de mi despertar emocional.

Diecinueve años después echo la vista atrás y doy las gracias a mi madre y al destino porque ese viaje me hizo madurar, evolucionar y crecer como persona. Descubrí que el mundo estaba lleno de otras culturas, paisajes, idiomas, pueblos; inmensamente maravillosos y fascinantes. Y me hizo darme cuenta de que yo quería conocerlos, recorrerlos y dejarme sorprender por ellos, como he seguido haciendo desde entonces. En ese momento tampoco era consciente, pero esa sería mi primera vez en África, la primera de muchas, en esa tierra que me robó el corazón y que me sigue aguardando pacientemente hasta que vuelva.

jueves, 26 de febrero de 2015

Tu frialdad


Buenas tardes. Después de mucho, demasiado tiempo, rompo mi silencio. Y nunca mejor dicho, porque vuelvo trayendo una canción grabada junto a mi casi hermano Dámaso Estévez a la guitarra, hace poco más de una semana en la eterna ciudad de Granada.

Viene acompañada de imágenes tomadas durante mi estancia en Burundi, hace ya casi dos años, cargada de melancolía. Es también, por qué no, mi forma de dar las gracias a Dámaso y a toda la gente que me acompañó en esa aventura, seguramente la más enriquecedora de mi vida. ¡Amahoro!

Espero que os guste y la disfrutéis, pese a haber sido grabada con muy pocos medios. Tu frialdad...


PD. Para verlo mejor, podéis ampliar el vídeo o ir al enlace de youtube.


miércoles, 29 de enero de 2014

Vejer de la Frontera


¡He vuelto! La verdad es que tengo esto bastante abandonado, más que nunca. Tengo muchos temas de los que escribir en la cabeza, pero no me centro lo suficiente, no encuentro ese momento de tranquilidad para hacerlo.


Pero bueno, voy a empezar por mostraros esta maravilla que es Vejer de la Frontera, localidad cercana a la costa atlántica de la provincia de Cádiz. Uno de esos llamados "pueblos blancos" tan famosos de este rincón de Andalucía, que cuenta con un centro histórico amurallado impresionante.



Y yo, que me he recorrido tantos países por todo el mundo, nunca me había dado un paseo por estas estrechas calles, con sus arcos, sus plazas y sus palmeras, hasta el fin de semana pasado. Y qué decir del pescado que se puede degustar por aquí, especialmente el famoso atún de almadraba. Delicioso.



Lo dicho, no dudéis en visitar Vejer de la Frontera, y ya de paso luego os dais un bañito en cualquiera de sus playas, como por ejemplo la de El Palmar.




lunes, 18 de noviembre de 2013

Tirolina entre España y Portugal


Aunque parezca mentira, es posible cruzar la frontera entre España y Portugal haciendo tirolina. Y personalmente tuve el placer de hacerlo el pasado fin de semana. Se trata de una empresa recién creada que ofrece la posibilidad de ir desde un punto alto de Sanlúcar de Guadiana (Huelva), no lejos de su castillo, hasta Alcoutim, en Portugal, atravesando el río Guadiana. Este viaje, de 720 metros y alrededor de un minuto, ofrece unas vistas maravillosas, y según nos dijeron, alcanzas una velocidad de unos 70-80 km/h.

Vistas del Guadiana y Portugal desde lo alto de Sanlúcar


Y aquí tenéis la prueba de que lo hice. Es fácil reconocerme gracias a mis discretos pantalones burundeses:



Antes de esto, también hubo tiempo para disfrutar de un agradable paseo por el pintoresco pueblo de Sanlúcar de Guadiana y saborear algunos platos deliciosas, como la carne de ciervo.

Alcoutim, desde Sanlúcar de Guadiana



Y como no, después del salto en tirolina aprovechamos para visitar Alcoutim y sus estrechas callejuelas y "avenidas". Como no podía ser de otra manera y como buen amante de lo gastronómico, también cayeron unos cuantos pasteis portugueses. Espectaculares.

Sanlúcar de Guadiana desde el lado portugués







Por último, de vuelta a casa, hicimos una breve parada al atardecer en San Silvestre de Guzmán para conocer su tradicional molino, contrastando con los modernos molinos de la central eólica. ¡Qué buen día eché!




martes, 23 de julio de 2013

Ferrara


Para cerrar la trilogía de mi semana en Italia, uno de los días estuve en Ferrara, en la región de Emilia-Romagna. Y me llevé una enorme y grata sorpresa porque no esperaba una ciudad tan hermosa; sin ir más lejos es Patrimonio de la Humanidad por la Unesco. Un centro histórico precioso, lleno de plazas y calles peatonales, edificios antiguos, iglesias, castillos y su barrio judío, que casi te da la impresión de trasladarte a la Edad Media.







Para hacer mejor aún la visita, cerramos el día viendo el concierto de “PFM canta De Andrè”, en el que el grupo PFM interpretaba las canciones del mítico Fabrizio De Andrè, al que acompañaron en una de sus giras allá por los años setenta. Todo esto en un marco incomparable: la Piazza Castello (la plaza del castillo de Ferrara). Sinceramente, me he hecho fan de estos señores conocedores de la poción de la eterna juventud, sí, sí.


domingo, 21 de julio de 2013

Desenzano del Garda


Siguiendo con mi viaje por territorio italiano, mi primer día tuve la ocasión de visitar Desenzano del Garda, un coqueto pueblecito al borde del Lago di Garda, con un puerto deportivo y un pintoresco centro histórico. Un día bastante agradable, aunque para agradable el helado de stracciatella y melocotón que me comí. ¡Qué barbaridad!





jueves, 18 de julio de 2013

Verona



Siete años después de haberla visitado con Abel y Silvia, volví a Verona. Mucho ha cambiado mi vida desde entonces, pero no tanto esta bellísima ciudad italiana llena de vida, de mercados, de plazas, de gente en bicicleta, de monumentos excepcionales y de casas antiguas de todo tipo de colores. Fue una verdadera delicia poder pasear despreocupadamente por sus calles o bordear el río Adige en bicicleta, ya fuera solo o en buena compañía local. Y del tema gastronómico mejor no hablar: pizza, pasta, helados, vino… No me he privado de nada. Os dejo con algunas instantáneas veronesas. Ci vediamo presto!
















martes, 16 de julio de 2013

El día en que casi me quedo en Burundi


Bujumbura, Burundi. Domingo 23 de junio de 2013. Me encuentro pasando mis últimas horas en Burundi acompañado de mi gente, ya que a las 19:50 sale mi avión: Bujumbura-Nairobi-Bruselas-Madrid. Pasamos la mañana en la playa, al borde del lago Tanganika, y por la tarde vamos un rato a ver conciertos, ya que se celebra la fête de la musique. Y como soy un chico responsable, a eso de las cinco me voy a la casa de mis amigos a recoger la maleta para irme al aeropuerto. Una vez allí, me ducho, me empiezan a dar regalos, nos hacemos fotos, y de pronto ¡eran las seis de la tarde! Así que me entra un poco la prisa, cierro la maleta y salgo con Amidou, Silvia y Teresa a la búsqueda de un taxi. Las seis y media y por fin estamos en dirección al aeropuerto, a donde se tardan unos veinte minutos en llegar; no iba sobrado de tiempo, precisamente.


En ese momento llamo por teléfono al Rector, el cual debía estar en el aeropuerto porque tenía que llevar a un profesor visitante estadounidense y, golpe de suerte, me dice que el avión sale dos horas de retraso. Acto seguido me echa la bronca, con razón, porque de no estar retrasado podría haber perdido el avión. Así que me doy media vuelta y me aseguro del horario del vuelo, que saldría finalmente a eso de la una de la madrugada. ¿Qué hago? Pues nada, decido dar una sorpresa a mis amigos presentándome en el restaurante en el que habían quedado para cenar y ellos flipando, claro. Ceno tranquilamente, me re-despido de ellos y me dirijo al aeropuerto a eso de las 22:30, esta vez con Saloum haciéndome el enorme favor de llevarme en su coche. Lo que no sabía en ese momento es que se avecinaba rock & roll...

Llego al aeropuerto con tiempo de sobra y me recibe, como es habitual, un policía con una kalashnikov, pidiéndome billete y pasaporte, ya que solo los viajeros pueden entrar en la terminal. Se lo entrego y me dice, ante mi sorpresa, que no puedo salir del país, ya que tengo un visado simple hasta 2014, pero le digo que me voy definitivamente y que no lo necesitaré más. Ahí me despido de Amidou, Silvia, Teresa y Saloum y entro a facturas mis dos enormes y pesadas maletas. Normalmente solo podía llevar dos maletas de 23 kg. y un equipaje de mano, y al pesarlos, sorpresa: una maleta de 33 kg. y otras de 17 kg. Me pasaba en 4 kg. Una auxiliar me pone la pegatina en la mochila que llevaría de mano, y el "jefe" me dice que no puedo pasar con eso, que es muy pesado. Yo, obviamente, empiezo a ponerle la cabeza loca contándole mi vida, que llevo muchos regalos porque vuelvo a mi país después de un año... y nada, le da igual. Le pregunto cuánto cuesta cada kilo y me dice que no, que hay que pagar 100€ por sobrepeso, ya sea de uno o veinte kilos. Y aquí es donde entra la picaresca, ya que no tenía ninguna intención de pagar ese dinero y tampoco tenía sitio en la mochila...


Le digo al tipo que tengo un portátil en mi maleta grande, y que sacándolo puedo aligerar el peso. Y, milagrosamente, lo saco y la maleta pasa a pesar 29 kg., lo que hacía un total exacto de 46 kg. Me dice que todo va bien, me da mi billete, me pone la etiqueta en el bolso del portátil, y en ese momento, cuando me estoy yendo, se da cuenta de que tengo ya un equipaje de mano. Me grita para que vuelva y lo miro con cara de "lo siento, demasiado tarde, te la he metido doblada". Y llego al escáner y control de pasaportes. Más rock & roll.

Entrego mi billete, mi tarjeta de salida de Burundi y mi pasaporte, y el policía, este más enterado que el de la puerta, me dice que no puedo salir del país porque es un visado simple que solo me permite la entrada del país y no la salida. Yo, al principio creo que es una jugarreta para asustarme o sacarme dinero, pero luego me doy cuenta de que va en serio: parece ser que debería haber ido a la oficina de la policía de fronteras en Bujumbura para "dar de baja" mi visado simple de dos años y así poder salir del país. Sin perder la calma, le cuento mi vida durante unos diez minutos, justificándome en que la Universidad se había encargado de tramitarme el visado y que me habían dicho que podía abandonar el país sin problema, siempre que fuera definitivamente. Él insiste en que no puedo salir del país sin hacer ese trámite y, por consiguiente, no puedo coger el avión. Tras una larga conversación me dice algo así como que, como he sido una persona que ha trabajado y ha hecho un buen servicio a Burundi y él también, podría dejarme pasar si a cambio le doy una "ayudita" luego en la cafetería... Yo, flipando aún, le digo que me parece bien, pero que solo tengo poco más de 1.000 FBU (unos 0,60€). Me dice que le puedo pagar en dólares o euros, pero le digo que no tengo, que los he facturado todos, a lo que acepta "echándome una reprimenda" porque siempre hay que llevar el dinero consigo. En realidad, tenía un billete de 100€, pero lógicamente no se lo iba a dar a él... En fin, corrupción de lo más barata.


Bastante aliviado y confiado, sigo mi camino, pero en ese momento me doy cuenta de que simplemente me habían dejado pasar, pero que no me habían sellado el pasaporte. Efectivamente, ahora sí estaba en el verdadero control de pasaportes, con dos policías bastante más serios con su ordenador, su ansiado sello y toda la pesca. Misma conversación, más rock & roll todavía. Pero este sí que se veía decidido a no dejarme pasar, simplemente porque era ilegal y porque él no parecía tan fácilmente corrompible. Así que me dice que no, y que me aparte para dejar pasar al resto de pasajeros. Esto ya no era tan divertido, aunque yo sigo tranquilo porque tengo un as en la manga: el billete de 100€. La gente y el tiempo seguían pasando, y ya quedaba menos de una hora para que saliera mi vuelo, y yo esperando...

...Hasta que llegó mi golpe de suerte. Dos parejas de franceses, de unos sesenta y tantos años, llegaron al control de pasaportes. Pasó el primer señor, pero cuando pidieron el pasaporte a su mujer los pararon a todos. ¿El problema? Habían entrado en Burundi por Ruanda hacía una semana, pero tenían un visado de solo tres días, así que tenían que pagar 40 dólares cada uno. El otro señor comenzó a gritar y a quejarse, y la mujer dijo que por qué habían dejado pasar a su marido y a ella no. ¿Resultado? Llamaron a su marido para que él también pagara, y este llegó enfurecido insultado a su mujer, a los policías y a toda la burocracia africana. La escena lamentable de gritos, ladridos y toda clase de sonidos guturales se prolongó durante más de cinco minutos, hasta que el policía se me acercó y me dijo las palabras mágicas: Mira, como tú tienes bastante más educación que estos señores te voy a dejar pasar, pero ellos van a pagar 40$ cada uno. Y me sonrió.


Así que ahí, con mi sellito, pasé a la zona de embarque más ancho que un torero. Y una vez allí le di su "merecida recompensa" al otro policía mediante el método tradicional burundés: billetes bien dobladitos, apretón de manos y a correr. Y ya el viaje fue coser y cantar, excepto por un niño que se pasó llorando el viaje hasta Bruselas. Todo por solo 1.300 FBU.